Antes que todo, «A day in the life…»

Una de esas tantas tardes después del colegio, llegué a casa y, para mi «sorpresa» —porque claro, siempre me sorprendía— mi madre, una mujer sureña y muy trabajadora, estaba haciendo aseo, como lo hacía religiosamente dos veces a la semana. El aroma a madera y cera llenaba el aire, una mezcla reconfortante y ligeramente asfixiante que siempre me transportará a esos días. La vieja radio Aurora, nuestra fiel y antigua compañera, resonaba en el fondo, llenando la casa de música y recuerdos.

Era a principios de los 90, probablemente el año 92. Recuerdo claramente el momento en que comenzó a sonar «Do You Want to Know a Secret» de The Beatles, con la inconfundible voz de George Harrison. La melodía alegre y la voz cálida de George se colaron en mis oídos, despertando algo en mí. Mi madre, aunque no canturreaba, seguía con su rutina de limpieza, utilizando el «chancho» para lustrar el piso. La madera brillaba bajo su toque meticuloso, mientras ella, más familiarizada con las melodías de Julio Iglesias o Camilo Sesto, se concentraba en su labor.

En ese momento, no tenía ni idea de quiénes eran los Beatles, ni de qué tipo de música cantaban. Para mí, fue un encuentro casual, casi irrelevante. Solo una canción más en el repertorio de la radio mientras mi madre limpiaba. Aprendí a tocar guitarra a los 11 años, pero no fue hasta los 15 que conocí realmente la música de John, Paul, George y Ringo, y todo cobró sentido.

Fue entonces cuando la música de los Beatles comenzó a revelarse ante mí. Cada acorde, cada letra, todo tenía una razón de ser. Escuchar a Paul McCartney cantar sobre el amor en «All My Loving», o a John Lennon con su mirada reflexiva en «Nowhere Man», me hizo ver la vida de otra manera. Esa simple tarde de limpieza doméstica se transformó en el punto de partida de una conexión profunda con su música. Desde ese día, los Beatles se convirtieron en una parte esencial de mi vida, acompañándome en momentos de alegría, en la reflexión más íntima, y en todo lo que hay en medio: la vida misma, con sus altibajos, penas y alegrías, esos procesos tan humanos que nos moldean y nos transforman.

El segundo encuentro que quedó grabado en mi memoria fue en el Persa Biobío, en el corazón de Santiago. Es un mercado vibrante donde se mezcla lo viejo y lo nuevo. Entre antigüedades, ropa, electrónica, y por supuesto, música en todos los formatos, este lugar es un reflejo de la diversidad y la vida bulliciosa de la ciudad, atrayendo a quienes buscan tesoros únicos en cada rincón. Caminaba junto a mi papá entre los puestos cuando, de repente, una portada me resultó familiar. Era un álbum de los Beatles. Tomé el cassette entre mis manos y leí los nombres de las canciones en español, sorprendido de que un grupo que cantaba en inglés tuviera títulos en otro idioma. A mis 11 años, no entendía mucho, pero sentí una curiosidad inmensa.

Como era habitual, le pedí a mi papá que me comprara el cassette. Y, como siempre, la respuesta fue un rotundo «No». Mi papá nunca me compraba lo que pedía. En esos tiempos, no había dinero para caprichos, y yo no lo comprendía. Lo intenté con espadas de agua, Transformers, instrumentos musicales… siempre obtenía la misma negativa. Ahora, de adulto, lo entiendo: ¡quién diría que ser adulto vendría con un manual de instrucciones sobre cómo decir «No» a todo!

A pesar de la pequeña decepción, ese momento quedó grabado como otro paso en mi viaje musical. Hoy, la radio Aurora ya no existe, pero esos recuerdos y la música de los Beatles siguen vivos en mi memoria. Esa experiencia, simple pero significativa, me hizo comprender la importancia de mantener la casa limpia, una enseñanza que mi madre, quien sigue con vida, me inculcó. Pero, más importante aún, me ayudó a conectarme con un portal mágico y misterioso: la música de los Beatles. ¿Acaso existen las casualidades? Jamás hubiera imaginado que un grupo nacido en un puerto del Reino Unido se convertiría en el pilar y motor de mi vida.

In the end,

Nowhere Man